No hace mucho, el titular de este blog me contaba algo que en principio nos puso contentos; no por el hecho en sí sino por lo que suponía. Se trataba de una firma de capitulaciones matrimoniales según las cuales era la mujer quien, teniendo mayor patrimonio o mayores ingresos que el marido, quedaba obligada con él.

Un buena noticia, en principio, para todos –quizás para ella no tanto, pero eso no viene al caso- porque supone la asunción con total normalidad de la incorporación de la mujer al mundo laboral en pie de igualdad con el hombre. Siendo, por tanto, perfectamente posible que gane más que él y que tenga que sufrir y gozar de las consecuencias pertinentes en su vida jurídica.

Atrás quedan esos primeros clichés en que la mujer trabaja pero no lo hace un plano de igualdad.

El viejo estereotipo médico/enfermera, piloto/azafata, jefe/secretaria que tantas horas de metraje han dado al cine y a las series de televisión.

Lo cierto es que, hasta los en principio liberadas Ángeles de Charlie eran eso, de Charlie, un hombre que les mandaba a través de un testaferro, Bosslie –o sea, jefecillo-.

Conste que con esto estoy destrozando mi sueño de la preadolescencia, en que deseaba sobre todas las cosas ser como Sabrina Duncan, la morena alta y lista, como ya confesé en el #Retoblog dedicado al Derecho y las series de televisión.

Volviendo al tema, resulta que lo que en principio nos puso contentos, no nos debería poner tanto, y precisamente por el hecho de ponernos contentos, valga la paradoja; y es que el hecho de comentarlo es señal de que lo que debería ser normal no lo es tanto.

Se trata de la vieja máxima de que la noticia es que el hombre muerda al perro, y no lo contrario.

Por mucho artículo 14 de la Constitución, y Ley para la Igualdad Efectiva de Hombres y mujeres, y todas las disposiciones concordantes, la realidad es la que es y la sociedad también.

Todavía llama la atención que una mujer tenga mejor sueldo que un varón; y es que hasta mi madre, que ha sido siempre una adelantada a su tiempo, me dijo cuando aprobé la oposición que se alegraba de que tuviera “un sueldo de hombre”.

Una expresión que lo dice todo.

Por más que queramos creer otra cosa, y aunque hemos avanzado mucho, todavía nos queda mucho más por recorrer.

Las mujeres aprobamos en mayor número las oposiciones que los hombres –al menos las jurídicas-, sea Notarías, Registros, Carrera Judicial o fiscal, pero, conforme vamos subiendo grados nosotras quedamos en la base y ellos ascendiendo.

Trabas de la conciliación, nos guste o no reconocerlo.

Sea de quien sea la culpa, la casa y los cuidados de los niños recaen fundamentalmente sobre las madres; y no lo digo yo –que también- lo dicen las encuestas, en una proporción de 70/30 por cien.

Esa conciliacióin impide, si no trabajar, sí hacer un doctorado, asistir a cursos, promocionarse o aspirar a determinados puestos dentro de la propia carrera.

Cuando llega el momento y la descendencia ha crecido, el currículum no lo ha hecho en la misma proporción que el de los hombres

En ese momento de presentar el curriculum, chocamos con el famoso techo de cristal que, aunque lo vendan como otra cosa, no responde a ninguna confabulación judeo masónica para dejarnos fuera sino muchas veces a la evolución natural de una sociedad que se asienta sobre los pilares de un machismo más o menos acentuado, más o menos visible.

Por eso comentamos, entre extrañados y contentos, lo ocurrido con las capitulaciones matrimoniales; por eso las estipulaciones de esas capitulaciones matrimoniales, suponen una buena mala noticia.

También sería una buena mala noticia, y comentaríamos un poder del marido a la mujer para que ésta manejara los designios de la empresa familiar (cosa que sucede, y cada vez más, pero no lo suficiente).

Igual que comentaríamos, con la misma extrañeza, el hecho de que fuera el varón y no la mujer quien pidiera la excedencia para cuidado de los hijos si nos encontramos ante situaciones laborales parejas.

Y, por supuesto, todo el mundo se extraña, y hasta comenta por lo bajini, cuando la custodia de los hijos –o hijas- menores se concede al padre.

Parece que algo muy malo haya hecho la madre para “que le quiten” a los hijos en lugar de pensar que era lo más adecuado para esos menores concretos en esa situación concreta.

Que no se quitan a nadie porque a nadie pertencen; sin culpabilizar a nadie.

Y ojo, que, a pesar de lo que han dicho siempre tertulianos y todólogos de que hasta los 3 años era obligatoria la custodia materna, eso no es más que una leyenda urbana.

Hasta la última reforma del Código Civil en la materia, que introdujo como regla general la custodia compartida –y antes, las leyes propias en los territorios con potestad para tenerlas-, nuestro Código Civil no establecía regla general.

Era la práctica, la costumbre o la inercia, derivada de una sociedad en que la mujer asumía la función de cuidadora, la que llevaba a que ése fuera el pronunciamiento más frecuente por los tribunales.

Incluso me atrevería a decir que sería más adecuado con el principio de igualdad y con el interés del menor que el Código no estableciera reglas, y se decidiera en cada caso si conviene la custodia paterna, materna o compartida, previos los informes oportunos.

Pero al legislador parece que no le quedó otro remedio que corregir por ley lo que la costumbre había asentado.

Aun nos queda mucho.

Así que ahí queda eso. La igualdad será real el día que no comentemos una firma de capitulaciones como la que ha dado lugar a este post. Por normal y por habitual. Como jamás hemos comentado una en que los papeles fueran los inversos, el hombre gana más que la mujer y queda obligado al pago.

Hasta entonces, todo paso es importante; y lo más importante, que solo sea el principio.

Susana Gisbert Grifo

 

NOTA DE FRANCISCO ROSALES.- Es un honor poder tener: no se si una amiga o una compañera (desde mi punto de vista ambas cosas) con la que compartir inquietudes como las que se ponen de manifiesto en este post, y que entienda lo que se siente cuando uno firma una escritura que es “un poco rara” con la sensación de que debería de ser de lo más normal.

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