Indiscutiblemente las nuevas tecnologías son un avance, y cada día me gustan más, pero tienen un punto de locura y de deshumanización que no podemos olvidar, y un ejemplo son algunas personas que deciden consultar al Notario por teléfono o por correo electrónico (incluso me han llegado a hacer consultas por whatsaap, twitter y Facebook).

Evidentemente los medios de comunicación están ahí, son buenos, suponen un gran avance y una comodidad cuyas ventajas son obvias, y sobre las que no resulta necesario escribir.

Pero tendemos a perder el Norte y a abusar (obviamente no sólo con Notarios, supongo que Médicos o Abogados tienen el mismo problema).

Una cosa es llamar a la Notaría y hacer una pregunta sencilla, o comentar un tema puntual que se está tratando, y otra cosa distinta es pretender que por teléfono, o por correo electrónico, nos hagan inmediatamente un dictamen jurídico gratuito y vinculante (que es lo que trato de comentar en este post).

Lo primero que siempre tengo en cuenta para atender al teléfono es que: debo de distinguir entre quién se molesta en venir a mi despacho y quien pretende hablar conmigo por teléfono, jamás doy prioridad al segundo (entre otras cosas porque yo me molesto en “vestirme de bonito” para trabajar, y no sé ni cómo está vestido, ni donde el que me llama por teléfono).

Alguna queja he recibido de personas que no conozco absolutamente de nada, y que han llamado a mi despacho pretendiendo hablar conmigo, porque mis empleados les ha pedido el teléfono para que yo pueda llamarles cuando pueda (he de advertir que mis empleados tienen instrucciones claras de no pasarme llamadas si estoy con alguien, salvo que se trate de algo absolutamente prioritario -y poco más que una llamada de un familiar lo es-).

Suelo devolver la llamada en el mismo día, pero hay algunos días que estoy bastante liado y en ocasiones llamo al día siguiente (incluso a veces se me pasa devolver la llamada -las menos, gracias a mis empleados que no paran de recordarme los asuntos que tengo pendientes-) normalmente todo el mundo entiende que primero tengo que atender a quien ha venido a mi despacho, o tiene una cita previa; pero nunca falta el que se siente maltratado.

Lo más normal es que me llamen para asuntos sencillos que puedo responder sin mayores problemas; sin embargo no deja de ser frecuentes las llamadas telefónicas en la que mi interlocutor pretende que le explique cosas complejas (y en numerosas ocasiones quien llama no es el interesado sino alguien cercano a él).

Siempre les trato de explicar que por teléfono puedo orientar algo, sin embargo llamar al Notario por teléfono es como llamar a un médico y le preguntar “doctor, me duele la cabeza ¿tengo cáncer o me tomo una aspirina?“, cualquiera entenderá que lo primero que respondería un médico es “tranquilícese Ud, y por favor venga a mi consulta para que lo examine, porque es imposible hacer un diagnóstico sin paciente”, yo necesito ver la documentación y hablar con las personas para saber:

  1. Qué necesitan.
  2. Cuanto cuesta.

 

Lamentablemente es habitual la llamada que se limita a preguntar cuánto cuesta una escritura, como si lo que cuesta una escritura tuviera alguna importancia. No os engañéis, pues lo que cuesta no es la escritura, sino los impuestos que suelen gravar una escritura, más si seguimos el ejemplo del médico ¿preguntaríais cuanto cuesta curar vuestra enfermedad, o cómo curarla?.

Vemos como Notario más competente al Notario que cobra más barato, o al Notario que lee más rápido; cuando no nos damos cuenta que el mejor Notario es el que nos da una solución adaptada a nuestras circunstancias.

Cierto es que el coste y el tiempo son cosas que hay que tener presentes, pero no son las únicas, ni las más importantes, así por ejemplo en este post trato de responder a la pregunta ¿qué es mejor donar o vender un piso a mi hijo? y comprobaréis que la respuesta no es sencilla.

Es habitual que un negocio pueda hacerse de diversas formas y con diversos costes, pero todo tiene sus ventajas e inconvenientes, y la frase “lo barato es caro” es una de las que más habitualmente suelo usar en mi despacho.

El culmen de las llamadas son las de personas que van a firmar en otra Notaría y que pretenden que les explique esa escritura o les resuelva algún problema que tiene dicha escritura.

En ocasiones son personas que acuden habitualmente a mi despacho, pero que por los más variados motivos se ven en la necesidad o conveniencia de firmar en otra Notaría (normalmente porque un Banco así se lo impone).

No tengo el más mínimo problema en ayudarles, y aconsejarles, más que nada porque para mi, ni son clientes ni ciudadanos (siempre distingo unos de otros) sino amigos, por lo que incluso me tomo la libertad de perder la imparcialidad (a fin de cuentas no me están llamando como Notario, sino por ser Notario y amigo) y recomendarles lo que creo oportuno.

Pero no deja de haber personas que pretenden hacer una especie de subasta Notarial por teléfono, con la única finalidad: bien de conseguir el Notario más barato, bien que el Notario haga una escritura con un contenido dudoso, o explique “rapidito” la escritura.

Lamentablemente no tengo, como Notario, el privilegio de elegir quien entra en mi despacho, y es mi obligación atenderlos a todos (me sean o no simpáticos, me parezcan más o menos honrados), pero tampoco tengo la obligación de ser amable con estas personas, y un punto de grosería suele ser suficiente para quitárselas de encima.

Otro hito importante es el de los que llaman por teléfono pidiendo información sobre una escritura que ya se ha firmado.

No trato aquí de quienes pretenden saber: bien si está la copia de una escritura, o cual es el importe; sino de personas que tratan de averiguar si un tercero ha firmado o no una escritura, o si ellos mismos (los hay despistados) han firmado o no una escritura.

Lo sorprendente  es que todo el mundo cree que yo o mis empleados reconocemos por teléfono a cualquier persona que nos llama (cosa que si sucede en ocasiones), y que incluso se indignan porque ante la duda de si quien habla con nosotros es quien dice ser, les recordamos que existe no ya una ley de protección de datos, sino un secreto de protocolo, que nos obliga a ser especialmente escrupulosos a la hora de dar información.

Por cierto y venga o no a cuento, cierto día recibí un correo electrónico de un señor, que vivía en la quinta puñeta, y que muy enfadado se quejaba de que a uno de sus cientos de correos electrónicos en los que insistía por enésima vez sobre el mismo tema (son de esas personas que creen que el correo electrónico es como el whatsaap de los amigotes en el fin de semana) le respondí con el siguiente enlace

A %d blogueros les gusta esto: